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Optimismo del gobierno contra el mundo

Fernando González Urbaneja | Hace unas semanas, la previsión de la Comisión Europea sobre el desempeño de las economías de los estados miembros fue una lluvia fría para el optimismo del gobierno español. Predica que la economía va mejor que bien, que el futuro es más que una recuperación y que España está entre las mejores de su clase. El gobierno basa su argumento en dos hechos: el empleo va bien, mejorando cada vez más, con más de 20 millones de contribuyentes y creciendo a buen ritmo, y los ingresos fiscales están creciendo a tasas de dos dígitos. Estos son datos objetivos y verdaderos que no son compatibles con una fase de recesión.

Sin embargo, las estimaciones de casi todos los organismos y analistas internacionales dejan poco margen para el optimismo oficial. Obviamente, todos se basan en las mismas fuentes primarias y comparten muchos de los mismos criterios para analizar los datos. Pero las conclusiones no coinciden. Al mismo tiempo, la opinión de la oposición, principalmente el PP y su líder Pablo Casado, advierte que la economía está dando señales de desastre, quiebra, para usar sus términos. El optimismo del gobierno convence a los editorialistas de EL PAÍS que avalan cada vez esta impresión, mientras que EL MUNDO y ABC toman el camino contrario, más pesimista. Esto debe ser una prueba más de las «realidades alternativas» que los portavoces de Trump solían referirse a lo que vieron.

Tampoco deben tomarse muy en serio las estimaciones y previsiones del estado de las economías. Entre otras cosas, porque hay tantas incertidumbres, tantas sorpresas e imprevistos que la previsión es más brujería que ciencia.

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El optimismo del gobierno tiene cada día menos adeptos, pero eso no disuade al primer ministro Sánchez ni a su vicepresidente Calviño. Siguen creyendo en la visión de una recuperación “vigorosa”, una de las más fuertes de la región y con razonables garantías de sostenibilidad. Por eso se han comprometido con un Presupuesto 2022 proactivo que salvará el día, para una recuperación que emerge de la doble crisis de la última década.

En esta etapa, los presupuestos están garantizados independientemente de los arrebatos de la ERC, que juega en la galería y por intereses clientelistas muy marcados que dan la medida de su identidad nacionalista y las derivaciones que suelen acompañar a estas emociones y sentimientos. Lo que se discute no es la sostenibilidad de los presupuestos ni su calidad; el debate tiene lugar en otros ámbitos. La opinión de los especialistas sobre estos presupuestos es claramente susceptible de mejora, y los más agradables los consideran poco realistas y nada creíbles. Pero la clave del futuro está en los fondos europeos, miles de millones de euros ya asignados pero que deben ser lanzados y asignados dentro de plazos precisos y controles estrictos. El uso adecuado de estos recursos europeos puede sentar las bases de la recuperación, y su mal uso puede significar una década perdida.