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Matando la democracia paso a paso

Fernando González Urbaneja | Hay abundante literatura moderna y actual sobre cómo mueren las democracias; es un tema que interesa a los académicos que teorizan sobre el tema ya los políticos jubilados que usan la cabeza para pensar y revisar lo que han vivido y sufrido. En casi todos estos trabajos hay dos indicadores que no fallan. En primer lugar, la práctica de destruir a los adversarios convertidos en enemigos y, en segundo lugar, el descrédito de las instituciones, comenzando por el Parlamento, el poder judicial y el periodismo.

Si nos preguntamos cómo nos va en España en cuanto a la “destrucción de la democracia” tenemos varios ejemplos llamativos justo esta semana pasada. Sospecho que la conclusión después de revisar los hechos no es optimista. Los acontecimientos de los últimos días muestran que la destrucción avanza a buen ritmo. Tanto la satanización del adversario como el desprestigio de las instituciones han ganado terreno estos días sin visos de reversión o reforma. Y lo que decidan los castellano y leoneses el próximo domingo podría abrir nuevas oportunidades.

Lo ocurrido primero en Lorca y luego en las Cortes con motivo de la votación para ratificar el decreto de reforma laboral representa una crisis de la democracia, una transición hacia formas de actuación que poco tienen que ver con el Estado de derecho y las buenas costumbres. Esto no es sólo un tema español, sino que deberíamos interesarnos por nuestros propios temas sin comparaciones.

Lo más grave del bochorno en el Congreso del pasado jueves, suficientemente comentado en todos los medios, vino después con las airadas declaraciones de los principales dirigentes. El Sánchez más moderado, entre otras razones porque lleva la delantera y tiene segundos para avivar las brasas. El menos moderado Casado pretende viajar al cetro anclado en un discurso inútil, repetitivo y que no le conviene. Para esta estrategia, la derecha cuenta con otros personajes más dotados.

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Los gritos de “arreglar” y amañar”… no corresponden a una estrategia sensata que pide liderazgo y gobierno. Son gritos estériles, que en vez de motivar y despertar expectativas y confianza producen radicalismo y distanciamiento. Se notará el domingo en las elecciones autonómicas en curso, que han provocado una ruidosa algarabía alentando la abstención. Con tales bueyes es mejor dejar de arar.

Por otro lado, la acusación de que los diputados rebeldes de la UPN han sido comprados tiene el mismo tono extremista e infundado. Si han sido comprados, hay que probarlo; el hecho de que sea posible, incluso plausible, no justifica convertirlo en una acusación a menos que se pretenda destruir al adversario y desacreditar a las instituciones.

Quizás “no saben lo que hacen”, pero eso no es excusa porque si no saben lo que hacen, que se vayan a estudiar. Además, si saben lo que están haciendo, deberían pasar a otras ocupaciones. Estas personas enojadas no representan a quienes votaron por ellos y, lo que es más grave, están trabajando para destruir, incluso si no son conscientes de ello.