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Madrid no es España, por Jorge Fauró

La crisis del coronavirus No nos ha hecho más fuertes ni mejores. Los indiscutibles síntomas de retraso con los que algunos llegaron antes del estado de alarma solo se han visto amplificados por la pandemia. Amplificar. Como esos vampiros de la serie de televisión que, de un día para otro, inoculados con el virus de la inmortalidad, perciben emociones elevadas a otro poder. Sienten más, escuchan mejor, perciben emociones y alegrías, maldad y aman más intensamente.

La España del covid provoca el mismo efecto, aunque en sentido refractario, no cambia ni se destruye. La estupidez del idiota nos llega tan limpia y cristalina que parece que trajeron el dolby de serie abrazados a nuestros oídos como si su locura nos susurrara. El virus hace que Díaz Ayuso entienda mejor las declaraciones de personajes de ‘Barrio Sésamo’ con el que se despacha ante la audiencia un par de veces a la semana; El discurso torpe y descuidado de Torra, Típico del manual estúpido independentista, se vuelve más transparente desde que sale de las oficinas del Palau hasta que llega, digamos, a las calles de Coria de Río, donde todo se entiende incluso sin entender nada, puramente incongruente. Porque se mira a Torra de Coria del Río o de Vilagarcía de Arousa, digamos, y no se ve un oprimido del españolismo, sino unn marioneta de la utopía sustentada en el principio de falsedad y sobre el discurso de la guerra civil de Waterloo. Pongamos. Al final lo han condenado por negarse a quitar unos lazos. Tienes que ser muy idiota para ser condenado por eso. Si comete un delito, cometa bien un delito.

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La conversión al vampirismo no es exclusiva de estos dos líderes Pista central autónoma, colorete con pintalabios y nariz falsa. Se puede esperar que un gobierno muestre deslealtad a su rey, pero no que un rey se dedique a poner palos en la rueda de su gobierno. ¿A dónde vas, jarrón chino? Felipe VI ha acabado por armar la letra del pasodoble que ha compuesto Casado, personaje de copla de los años de la cartilla, a veces con barba, la mayoría con barba, pero el mismo personaje siempre, tan estridente, tan cayetano. Casado es el protagonista de los chistes malos que nos contaban de niños, el policía tonto de la broma del perro Mistetas, el personaje de Gran Hermano que lo estropea nada más entrar a la casa para ganarse el favor de los espectadores. “Los españoles votamos por Felipe VI, Garzón e Iglesias no”. No recuerdo haber votado a ninguno de los tres, pero al primero, menos.

La pandemia ha querido que Ayuso y Torra coincidieran en el cuadro de salida, defendiéndose de la amenaza de intervención gubernamental, una tan inútil como la otra, a costa del tutor, bajo la advertencia del 155 o del ingreso a la gestión sanitaria. Ya tenemos a Madrid y Barcelona juntos de nuevo en una final impredecible, pero esta vez como aliados de su propia negligencia ante un gobierno que amenaza, pero no ejecuta; Illa “espera & rdquor; no tener que tomar medidas más drásticas con el Madrid. Lleva días esperando no sabemos qué, como esos matones escolares que continuamente amenazan con hostigar a alguien sin atreverse a soltar la mano, para que no se den cuenta de la postura que esconde su debilidad. Ayuso ya ha alcanzado su máximo nivel de incompetencia, ese que le equipara a los Torra y Puigdemont que han estado en el mundo. Está a dos ruedas de prensa de proclamar que ‘Madrid no es España’.

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