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Comer brochetas de ratón para ahuyentar el hambre en medio de una pandemia en Malawi: “Es una valiosa fuente de proteínas”

Tradicionalmente se come como botana, pero la pandemia de coronavirus lo ha convertido en un plato de resistencia: el ratones en Malawi se ha convertido en un ingrediente esencial en la dieta de la población más pobre, amenazada por el hambre.

A lo largo de los 320 kilómetros de carretera que separan Blantyre y Lilongwe, las dos principales ciudades del país, decenas de vendedores ofrecen brochetas de carne de roedor a los viajeros.

Un hombre vende ratones en Manjawira a lo largo de la carretera Lilongwe-Blantyre en el distrito de Ntcheu, al este de Malawi, el 24 de agosto de 2020 (AFP)

A mitad de camino, en el distrito de Ntcheu (centro), Bernard Simeon se ha convertido en uno de esos chefs casuales.

“Cazamos al ratón para vivir. Lo usamos como complemento a nuestra dieta diaria y se lo vendemos a los viajeros para obtener ingresos “explica el granjero. “Ya era difícil antes del coronavirus, ahora se ha vuelto mucho más difícil”.

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Ubicado en el sur de África, Malawi es considerado uno de los países más desfavorecidos del planeta. Sobre el medio de su cerca de 18 millones de habitantes sobreviven por debajo del umbral de la pobreza.

Como en el resto del continente, las medidas sanitarias adoptadas para detener la propagación del covid-19 –más de 5.400 casos y unas 170 muertes oficialmente, según el último balance– golpean duro su economía, mayoritariamente informal y rural, así como su población.

El Banco Mundial anticipa una Caída del 3,5% en su Producto Interno Bruto (PIB) en 2020.

Una organización de empleadores local (ECAM) documentó que un promedio de 1.500 puestos de trabajo fueron destruidos por día y estima que esta cifra acumulada podría llegar a 680.000 a finales de año.

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El gobierno del ex presidente Peter Mutharika, que perdió en las elecciones de mayo, había prometido un programa de ayuda urgente para los más pobres que nunca vieron la luz. Su sucesor. Lázaro Chakwera, todavía está trabajando en su propio plan de ayuda.

El presidente de Malawi, Lazarus Chakwera, en el día de su investidura en Lilongwe (REUTERS / Eldson Chagara / archivo)
El presidente de Malawi, Lazarus Chakwera, en el día de su investidura en Lilongwe (REUTERS / Eldson Chagara / archivo)

Mientras, la crisis sanitaria y económica aumentó la inseguridad alimentaria de muchos malauíes, obligados a ingeniárselas para satisfacer el hambre.

Asar en brochetas

“Normalmente, tenemos a mi marido y su trabajo”, confersa la esposa de Bernard Simeon, Yankho Chalera. “Pero cuando los tiempos son difíciles, tenemos ratones porque ya no podemos permitirnos la carne”.

Asados ​​en una brocheta y salados, los ratones tradicionalmente se consumen entre horas en las localidades del centro del país.

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“Cuando era niño, nos enseñaron a cazar ratones desde los tres años”recuerda el exdiputado y exitoso músico Lucius Banda. “En el pueblo esta actividad no se considera una obligación sino un entretenimiento, tanto para niños como para niñas.”.

La variedad más popular en la zona es la gris, de cola corta, y conocido entre los amantes de la gastronomía bajo el nombre de “Gorra”.

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“Todavía estoy comiendo [ratones], más como un recuerdo de mi infancia que cualquier otra cosa “dice Luciius Banda.

Por unos pocos meses, las autoridades sanitarias recomiendan el consumo de ratones, una alternativa a la carne que se ha vuelto inaccesible. “Es una valiosa fuente de proteínas”, sostiene Sylvester Kathumba, nutricionista jefe del Ministerio de Salud.

Y cómo la epidemia afecta especialmente “A las personas con baja resistencia inmunológica, les recomendamos una dieta rica”, aboga por Francis Nthalika, a cargo de la alimentación en la unidad de salud del distrito de Balaka.

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Este renovado interés por los pequeños roedores, que se alimentan de semillas, frutas o hierbas, provoca en cambio preocupación entre los defensores del medio ambiente debido a los métodos utilizados para cazarlos.

Para sacar a los ratones de sus madrigueras, los cazadores usan matorrales ardientes, permitiéndoles localizar sus guaridas.

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“Al hacer eso, los cazadores destruyen el ecosistema”, Duncan Maphwesesa, director de una ONG del distrito de Balaka, Azitona Development Services, se queja.

“Entendemos que esta gente pobre necesita vivir”, sigue adelante, “Pero no se dan cuenta de que tienen un impacto en el medio ambiente y que, por tanto, están participando en el calentamiento global …”, concluye.

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