Hablar de la Guerra Sucia es hablar de un periodo lleno de matices, tonalidades de gris, y debiera ser motivo de investigaciones académicas rigurosas y no utilizarse para reivindicar una postura política o ideológica. Se trata de una etapa compleja de la historia del país, que necesita terminar de desentrañarse antes de poder llegar a una valoración.

Uno de los puntos clave y que ha sido ocultado sistemáticamente o relativizado es la actuación tan atroz del Gobierno Federal. Cientos de desapariciones, torturas, ejecuciones sumarias, que fueron cometidos contra aquellos que buscaban justicia social en medio de un sistema tiránico.

Durante años el oficialismo calificó a estos jóvenes como terroristas, generadores de violencia, provocadores que solo buscaban desestabilizar un país, que supuestamente gozaba de paz social.

¿Qué provoca que un joven decida tomar las armas? ¿Qué provoca que decida dejar su vida, su zona de confort, su familia?, para emprender una lucha, seguramente sin retorno.

Se toparon con un gobierno represor, que por un lado iba a la ONU ha hablar de democracia, a exigir respeto por los pueblos de Argentina, Brasil, Uruguay, Chile que eran sometidos por dictaduras militares, pero por el otro, sofocaba con bayonetas cualquier clamor en sus calles.

Fue hasta 2001, recuerda la periodista Ana Ruelas, que la CNDH reconoció en su recomendación 26/2001 que, efectivamente, el Estado había utilizado su aparato para acabar con la revuelta utilizando prácticas contrarias a los derechos humanos.

En cumplimiento a la recomendación y en virtud de la transición partidista, el gobierno de Vicente Fox creó una Fiscalía Especial de Movimientos Sociales y Políticos del Pasado para investigar los crímenes ocurridos en este periodo y transfirió el fondo documental de la extinta Dirección Federal de Seguridad al Archivo General de la Nación.

Sin embargo, todo quedó en “buenas intenciones”. Nuevamente el terrorismo de Estado quedaba impune, la primera alternancia decidía dejar de lado el compromiso con la historia y no castigar a quienes habían dejado tanto dolor en un pueblo de por sí agraviado.

Para el Calderonismo el tema pasó de noche, mientras que el retorno del PRI significó la restricción de información. Muchos de los documentos liberados de la temible Dirección Federal de Seguridad, fueron censurados, apenas versiones públicas, privándonos de la posibilidad de identificar a aquellos funcionarios que cometieron esos crímenes atroces.

Hace unos días, el historiador Pedro Salmerón puso el tema en la mesa, gracias a un tuit, donde calificaba de valientes jóvenes a los integrantes del comando de la Liga 23 de Septiembre que intentó secuestrar a Eugenio Garza Sada, quien falleció en el momento.

Muchas voces se alzaron en contra de la definición, sin embargo, cuando uno lee el texto completo, que escribió el ex funcionario, encuentra un matiz que nos ayuda a entender más lo que pasaba en esos días.

Salmerón destaca la figura del empresario, lo distingue como un ejemplo, alguien que desde su trinchera buscaba lo mejor para México. Cuestiona al gobierno de Luis Echeverría, por crear las condiciones de violencia y polarización que llevaron a los jóvenes a levantarse y actuar en contra de un sistema que había cerrado las puertas de soluciones pacífica. Fueron valientes sí, porque teniendo todo en contra decidieron cambiar las cosas, porque no aceptaron quedarse callados, porque mostraron dignidad y fuerza contra un enemigo muy superior.

Hay que cuestionar los excesos de algunos de sus miembros, los secuestros que terminaron en la muerte de la víctima. Pero, ¿qué lleva a un joven a esos extremos? La respuesta, el terrorismo de Estado. ¿Qué lleva a un joven a dejar todo? Justicia, justicia en todos sus ámbitos. En todas sus formas, en todos sus rostros.

Hace unos días el gobierno de AMLO, ofreció disculpas a Martha Camacho, una de las sobrevivientes de la Liga Comunista 23 de Septiembre, de esta manera reconoce que la violencia era una política de estado. Es un buen paso, pero no basta, no puede quedarse únicamente en el reconocimiento sin actuar en consecuencia.

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