La batalla por aprobar el T-MEC en el Congreso de los Estados Unidos tiene ya varias bajas, una es el tomate mexicano.

El arancel impuesto de 17.5 por ciento se suma al del acero y aluminio sin que nuestro país pueda hacer mucho.

Se discute que el bajo costo de la mano de obra mexicana no es una ventaja sino una competencia desleal, pero hasta ahora la presión había sido para la industria automotriz y la manufacturera pero no para el campo.

El tomate es luego del aguacate y la cerveza, el producto mexicano más vendido en los Estados Unidos. Uno de cada dos tomates que se venden allá, uno es de México, 400 mil personas viven de la siembra del tomate. Allá el kilo cuesta 100 pesos aquí 18.

La ganancia de los supermercados y restaurantes es muy grande y en realidad los agricultores ganan igual. El hecho es que el arancel de 17.5 por ciento, que se impuso a los tomates mexicanos, representará un aumento en los precios finales al consumidor, calculados entre 40 y 70 por ciento, por la Universidad de Arizona.

El tomate es hoy un respaldo para la campaña de reelección de Donald Trump y de Marco Rubio, el congresista por Florida que empujó este arancel para ganar el voto de los productores de campo de su estado.

Donald Trump sabe que el peso electoral del estado de Florida es importante y trata de echarse al bolsillo los votos aplicando un arancel a los tomates importados de México, que cuesta menos producirlos en detrimento de los agricultores de los Estados Unidos.

Hoy la industria del campo está muy tecnificada, los empresarios de California vieron una ventaja y no una competencia de los agricultores de México y muchos de ellos siembran en México y exportan a los Estados Unidos con grandes ganancias.

Hoy que nuestros vecinos están en tiempos electorales, los indocumentados centroamericanos y los tomates se han vuelto moneda de cambio para atraer electores.

Twitter: Arturo Corona/ @arcoma53 

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