Durante muchos años en México justificamos la actividad del narcotráfico, “si no te metes con ellos, no se meten contigo” era la frase favorita para eludir una realidad que tarde o temprano nos iba a estallar en las manos. La figura del narco bueno, el que invierte en los pobres, una especie de Robin Hood, dio paso al criminal que agrede a quien sea, que arrasa con los más débiles.

Cuatro años después de la muerte de Pablo Escobar, en 1997, las Naciones Unidas se detuvieron un momento a contemplar el peso económico del narcotráfico en el mundo: 400 mil millones de dólares. O, dicho de otro modo, el 8% del comercio mundial. Los narcotraficantes de cada continente habían conseguido convertir una industria ilegal en uno de los sectores más dinámicos del planeta. En parte, gracias a las enseñanzas de los cárteles colombianos.

El narcotráfico, incluso sin eliminar la violencia de la ecuación, es uno de los pocos ejemplos de cómo funciona el libre mercado en estado casi puro. Como cuenta el periodista Tom Wainwright en ‘Narconomics’, estas organizaciones criminales funcionan de forma similar a las multinacionales modernas.

Detrás de los sicarios, y la narcocultura, Wainwright se encontró con que los cárteles trabajaban conceptos como la imagen de marca, la responsabilidad social corporativa y el monopolio: los cárteles son los únicos compradores de la materia prima, con lo que pueden fijar precios. Es una política que practican con parte de sus proveedores desde Wal-Mart hasta Volkswagen, y que tiene su máxima expresión en el narcotráfico.

Es un corporativo capitalista y, como tal, fomenta la precariedad salarial, quita derechos laborales, y genera su propia esclavitud. Esto lo vemos sobretodo en la región de la montaña de Guerrero, la región más pobre del Estado con mayores índices de violencia en el país. En esa zona reina el caos y la violencia pura; ahí no hay presencia del Estado, ni carreteras ni hospitales.

Un territorio marcado por la impunidad, donde asesinar es cotidiano y el miedo, una constante. Se dice que, en esta región de Guerrero, donde existe una enorme población indígena, lo único que se produce son peones. Peones para ir a buscar la vida al norte o para el narco.

Aquí el narco no ha dejado casas bien construidas y lujosas, tampoco flamantes camionetas y automóviles, sólo armas. Año con año el número de asesinatos aumenta. Los enganchadores (contratistas) recorren los pueblos de las montañas, dicen que les van a pagar bien y muchos aceptan, los llevan a lugares que no son los que les habían dicho, lugares donde hay problemas legales. La gente es amenazada, algunos agredidos o privados de su libertad.

Las cosas son sencillas en las montañas de Guerrero, solo hay una ley: la del opio. Este agujero negro se ha convertido en el mayor productor de opio de América. De sus profundidades parten los inacabables cargamentos que nutren, por delante del triángulo de oro de Sinaloa-Durango-Chihuahua, al gran devorador mundial, Estados Unidos.

De cada hectárea, se obtienen 11 kilos de goma de opio que más adelante se produce en un kilo de heroína, el cual tiene un valor de 700 mil pesos. De él, se extraen hasta 6 mil 666 dosis, lo que genera para los cárteles, ganancias de hasta un millón 999 mil 800 pesos.

Los campesinos forman la base de una salvaje cadena trófica. Sobre ellos depreda el crimen organizado. Primero las bandas locales, luego los intermediarios y, al final, los grandes cárteles. Cuanto más opio, más dinero y más muerte.

Desde hace años existe una persecución muy fuerte contra los campesinos que simplemente son empleados, con un salario ínfimo para cosechar esta planta, sobre todo mujeres y niños. Por la imposibilidad de encontrar otra fuente de sostén se van a ese tipo de trabajos, los cuales los pone bajo la lupa del Ejército Mexicano, los encarcela, los persigue o los mata; mientras, el narcotráfico se refuerza.

La Última

Durante muchos años se ha denunciado que miles de desaparecidos, en realidad están esclavizados. Han desaparecido albañiles, campesinos, ingenieros civiles y comunicadores, arquitectos, químicos, agrónomos, contadores públicos, administradores de empresas, comerciantes, abogados y empresarios. «Esclavos Especializados«.

Twitter: Jesús Escobar Tovar/ @jet1403

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