Vivimos una época donde la verdad es cuestionada por la visión personal, aceptamos solo lo que se adecua a nuestros intereses o creencias. No nos interesa comprobar la veracidad de los dichos, solo que concuerden con lo que pensamos.

Llama mucho la atención que en una época donde el acceso a la información es inmediato, amplio, caigamos en una desvalorización a priori. Lo que nos lleva a espacios de fragmentación, violencia y hasta confusión social.

El debate sobre qué es verdad y qué es mentira es muy antiguo, protagonizado por grandes pensadores, estadistas, hombres de ciencia, y por gente común y corriente. Lo que nos lleva a preguntar ¿qué es verdad y qué es mentira? Muchas veces, estos debates, en vez de concentrarse en la verificación de los hechos, se centran en la descalificación de quienes los producen.

Cuando los medios de comunicación están en manos de intereses personales, políticos, económicos, religiosos o científicos, ¿quién nos asegura que las imágenes que nos presentan son fiel reflejo de la realidad? Un mismo acontecimiento manejado por dos fuentes distintas presenta versiones completamente diferentes. Así que, ¿quién dice la verdad?

Justificamos la mentira y condenamos la verdad porque es molesta e incómoda. Justificamos la mentira diciéndonos que es lo conveniente, justo y agradable, y condenamos la verdad porque nos exige responsabilidad personal.

Hoy más que en ningún otro momento nuestras circunstancias exigen una evaluación.  Todas las imágenes y datos impuestos (distorsión ‘interesada’ de la realidad) hacen necesaria una conciencia crítica, lo cual implica entrenar la mente a que asuma una actitud reflexiva ante la información.

La verdad hoy por hoy sufre un embate de grandes empresas, movimientos, gobiernos que utilizan distintas plataformas para desacreditar, sin argumentos, ni datos o cifras, a los estudios o investigaciones que van en contra de sus intereses.

El presidente de EUA, es el mejor ejemplo, ha mencionado las fake news en Twitter más de 600 veces y las menciona en todos sus discursos, es parte de una estrategia para minar la confianza en los medios de comunicación y de esa forma imponer su visión de las cosas. Estrategia copiada por los autócratas del mundo.

En México tenemos el caso de Manuel Bartlett, acusado en un reportaje del equipo del periodista Carlos Loret de Mola, de poseer un imperio inmobiliario, de tener vínculos con empresas que significarían un conflicto de interés con su actual cargo en la CFE. Un sector de la población denostó el trabajo solo por su procedencia, sin checar datos, fuentes. Por otro lado, el propio Bartlett rechazó las acusaciones diciendo que eran falsas, sin dar una prueba de descargo.

Para poseer una conciencia crítica es necesario aprender a leer la realidad, observándola en su conjunto y en cada uno de sus detalles… y prever sus consecuencias. Educar la percepción: cuestionar el cómo vemos, escuchamos y sentimos. Comprender el sentido de los acontecimientos con el fin de hacer una apreciación sana, libre de prejuicios.

En una columna del diario El País, se cita a Hannah Arendt quien escribió: “El sujeto ideal de un régimen totalitario no es el nazi convencido o el comunista comprometido, son las personas para quienes la distinción entre los hechos y la ficción, lo verdadero y lo falso ha dejado de existir”.

Hemos dejado de construir nuestro propio bien, nuestra propia verdad. Aceptamos la ‘verdad’ impuesta.  Imitamos. Se nos ha olvidado pensar.

Twitter: Jesús Escobar Tovar/ @jet1403

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