México vive uno de sus momentos de mayor polarización político, no hay términos medios. Desde el año pasado fuimos testigos de cómo la sociedad se fue dividiendo, sacando a la luz sus peores defectos: el racismo, clasismo y la intolerancia.

Después del 1 de julio, entramos a una fase donde el punto medio, los tonos grises, han desaparecido para dar paso a la exageración, a la desproporción en torno a la figura del presidente de la República.

Cada acción de Andrés Manuel López Obrador genera por un lado la defensa ciega y sorda y por el otro el ataque furibundo. Cada decisión nos lleva al paraíso terrenal o al infierno apocalíptico. No hay manera de discutir razonadamente. Dogmas, comentarios llevados por la antipatía o simpatía. Escuchamos argumentos dogmáticos basados en la fe, como si se tratara de un mesías o ataques racistas, estomacales.

Chairos contra Fifis, dos sectores que no pueden ver la misma imagen, que tienen visiones diametralmente distintas del mismo cubo. Ambos asumiéndose como mexicanos superiores moralmente hablando, como dueños absolutos del destino manifiesto.

Los primeros poniendo como escudo 30 millones de votos, como si fueran un cheque en blanco, tachando de traidores a la patria a aquellos que osan cuestionar el derrotero de la Cuarta Transformación. Los segundos mofándose del color de piel, de la precaria situación económica de sus rivales.

En esta polarización ha contribuido notablemente el propio presidente con un discurso agresivo, retador, hay “buenos” y “malos”, “honestos” y “corruptos”, “liberales” y “conservadores”, “pueblo sabio” y “minoría rapaz”. No hay mesura ni el menor intento por conciliar.

Se equivoca, es un discurso de campaña, una retórica rebasada en esta etapa, debe recordar que es el mandatario de todos, todos los mexicanos. Si no cambia, seguirá dando armas a sus enemigos, que aprovecharan cualquier circunstancia para mover las aguas buscando hundir la nave.

No debe minimizar a los que marcharon el pasado domingo, debe escucharlos, claro que hay grupos de interés metidos, gente que representa lo más nefasto del poder, pero también hay ciudadanos que están molestos, a esos el presidente debe atenderlos.

AMLO necesita contrapesos y el país necesita oposición. Se requiere una oposición validada, ciudadanizada, que no sea simplemente electoral y que tenga una razón de existir. Que ofrezca salidas y que sepa incluso cuándo sumarse en las causas que encabeza el Presidente.

El problema es que la oposición que existe ahora es encabezada por los mismos que jodieron este país, es penoso que Vicente Fox, Felipe Calderón, Javier Lozano, Enrique de La Madrid, etc, esos mismos que tuvieron el poder, y no hicieron nada por nosotros, ahora se ubiquen como adalides de la democracia. Por Dios. Esos contrapesos no sirven, no ayudan esos quieren el poder para seguir jodiendo.

La división política no debe asustarnos. Lo que sí debe preocuparnos es que, llevada al extremo y promovida desde la cúspide del poder, puede llevarnos a una situación sin retorno donde todos acabaremos ciegos.

Twitter: Jesús Escobar (@jet1403)

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